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El pequeño salón está lleno de personas que hablan y ríen, toman ponche, saborean un exquisito mousse de “La Fruta de la Pasión” que tiene la particularidad de mostrar el paraíso por fracciones de segundos; todos comen paté…

Él es moreno, tiene en sus facciones la fuerza de antiguos caciques.  Él es montañista y ama el idioma francés, eso dijo un día.

En el fondo del saloncito, se reproduce en un televisor, porque ahora la música se puede escuchar desde un televisor, una canción que se llama “La Pluie”. Nadie parece percibirla. A mí me empapó.

Ella parece que lo arropa con sus ojos y él  con las alas que se trajo del espíritu de un cóndor  cuando fue a caminar por las montañas; un día dijo que era montañista y que amaba el idioma francés.

Él tiene una sonrisa que no pudieron apresar las discusiones sobre política y economía en Venezuela, porque él es un soñador que camina sobre nubes de utopías y a veces se zambulle en lagos de realidad.

Ella parece que lo abriga cada vez que parpadea.

Ellos hicieron un pequeño planeta sin volcanes y sin baobabs en medio de un “Au Rendez-vous des Amis”. Ella ama la música francesa, sobretodo cuando llueve y más si brilla el sol.

Hay algarabía, hay personas comiendo y bebiendo, hablando y riendo; ellos murmuran palabras que son excusas para sus silencios porque nada tienen que decirse más que el abrazo de sus ojos y las alas que agitan sus corazones.

 

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